MASCULINIDAD Y FAMILIA
Cuando se habla de igualdad de género, es necesario remitirse a dos puntos: la construcción de género entendida como un constructo social que define cómo debe comportarse, actuar o sentir un hombre o una mujer; de otro lado se debe pensar en la palabra igualdad, y para ello es necesario remitirse a las relaciones e interacciones, que se generan en los entornos de socialización de las personas. La familia es el primer entorno de socialización de hombres y mujeres, es ahí donde se aprenden las bases de las relaciones sociales y debido a la carga histórica de la formación de las sociedades en la cultura occidental, las relaciones familiares están basadas en modelos patriarcales (que se define como el gobierno de los padres) donde lo masculino es superior o mejor valorado que lo femenino.
Históricamente el término “patriarcal” ha sido utilizado para definir el tipo de organización social en el que la autoridad es ejercida por el varón o jefe de familia dueño del patrimonio, del cual formaban parte: los hijos, la esposa, los esclavos y los bienes. La familia es, claro está, una de las instituciones básicas de este orden social.
Los debates sobre el patriarcado fueron retomados en el siglo XX por movimientos feministas ( que tienen por objetivo la búsqueda de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres) de los años sesenta, en la búsqueda de una explicación que diera cuenta de la opresión y dominación que las mujeres sufrían por el simple hecho de ser mujeres.
Es claro entonces como la vigencia del “sistema patriarcal”, debido a condiciones históricas y presentes, favorecen la desigualdad, la exclusión y la coexistencia y vigencia de una masculinidad hegemónica o tradicional, que genera violencia y discriminación en contra de las mujeres y las niñas, pues se basa en fuertes roles y estereotipos tradicionales de género.
Es evidente que aún se forman a los hombres para la dureza, la inteligencia, el vigor, la insensibilidad, la violencia, la fuerza física y la agresividad; en el imaginario colectivo, aún se define el “ser más hombre” a través de estos patrones, o se cree que incrementan la valoración de dicha masculinidad; a su vez, las mujeres son formadas desde la sensibilidad, la ternura, debilidad, emocionalidad, creyendo que eso define las características de una “buena mujer”, todo esto se promueve y se practica en los diferentes espacios de socialización tales como la familia, la escuela, el colegio, la universidad, en las relaciones sociales, en la calle, entre otros.
Dentro de las relaciones familiares vale la pena considerar elementos que se han visto permeados por la masculinidad hegemónica y relaciones asimétricas en oportunidades y derechos, tales como los ingresos económicos, la economía del cuidado, la toma de decisiones y las tareas del hogar. De acuerdo a los estereotipos de género, el trabajo y la distribución de los recursos determinan de manera específica quien debe o puede asumir lo público o privado, es decir quién hace qué dentro y fuera de la casa, incluyendo el hogar (como trabajo), la crianza de hijos e hijas y el mantenimiento cotidiano del hogar.
Es claro, que la familia moderna es producto de una transformación durante los últimos cincuenta años, y aspectos como el manejo de las finanzas han tendido a equilibrarse, las mujeres desde sus luchas han conquistado escenarios públicos y tienen acceso a educación, trabajo, participación política y aportan también a la economía familiar; el hombre ya no es el único proveedor de la familia y en la medida en que aumenta la proporción de hogares con dos ingresos, cambian también los roles. Sin embargo, las masculinidades no han conquistado el espacio privado, el equilibrio de la participación en las finanzas del hogar no ha disminuido en su totalidad la brecha de desigualdad que existe entre los hombres y mujeres, pues a las mujeres se las sigue considerando como responsables del cuidado de los hijos e hijas, las tareas del hogar, los enfermos y los ancianos (economía del cuidado) viéndose obligadas a asumir dobles o triples jornadas de trabajo. Cabe también considerar que el trabajo doméstico es subvalorado y no remunerado.
Por otro lado, a pesar de que las mujeres son consideradas sujetos de derechos y han logrado conquistar diferentes escenarios, cuando las relaciones entre hombres y mujeres dentro del entorno familiar mantienen pensamientos patriarcales y hegemónicos se tiene como resultado situaciones de violencias y discriminación contra las mujeres y niñas, en las que se busca dominar y doblegar a la mujer frente a la voluntad masculina.
Es por esto que vale la pena pensar en la construcción y fortalecimiento de masculinidades más corresponsables y no violentas. Una masculinidad que reconozca los derechos de las mujeres, promoviendo el empoderamiento de ellas, hombres que cuestionen individual y colectivamente sobre sus actos discriminantes y violentadores, es decir hombres que deconstruyan y transformen su masculinidad tradicional y aquellas barreras que le impiden vivir con humanismo. Todo proceso de cuestionamiento de la masculinidad debe ir acompañado con el objetivo de buscar la igualdad entre hombres y mujeres.
Por, TatianaCasCS

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